viernes, 24 de febrero de 2012

    Escúchame- me interrumpió Pugachov, aspirando el aire con una especie de frenesí salvaje- te voy a contar un cuento que me contó en mi infancia una anciana calmuca. Una vez preguntó un águila a un cuervo: <<Dime, cuervo, ¿por qué vives tú trescientos años y yo sólo treinta y tres?>> <<Pues porque tú, amiga mía- respondió el cuervo- te alimentas de sangre viva y yo de carroña>>.                                                                                                                                                        El  águila se quedó pensativa y le dijo: <<Déjame que lo pruebe yo también>>. Bueno. Echaron juntos a volar, descubrieron un caballo muerto y se abatieron sobre él. El cuervo empezó a darle picotazos y alabar aquel exquisito manjar. El águila picó una vez, luego otra, batió las alas, y dijo al cuervo: <<No, amigo mío; antes que alimentarme trescientos años de animales muertos prefiero saciarme una sola vez de sangre viva. >>                   
                                                      
-¿Qué te parece el cuento de la calmuca?
-Muy ingenioso- respondí. Pero vivir asesinando y robando, para mí, es lo mismo que alimentarse de carroña.

La hija del capitán.
(Pág. 183 – Alexandr S. Pushkin.)

jueves, 16 de febrero de 2012

NADA MÁS QUE UN ÁNGEL Jennie Carrasco Molina



Fue la noche de la aburrida presentación de una nueva revista. Los escritores de siempre, los pintores amigos, los críticos, parientes e invitados de la prensa.

Todo sucedió cuando el ron corría por la sala para el brindis. Mi eterna timidez, y la feliz idea de tomar dos copas para pasar el amargo trago de los abrazos por aquí, promesas de entregar un artículo al amigo editor, besos babosos más allá, y el tercer ron. Los músculos de la cara se aflojaron y la sonrisa salió, diríamos, natural.

El calor y el alcohol me agrandaban la columna de la sala, los rostros redondos de mis amigas, las voces de todo el público.

Se estaba animando la conversación cuando se acercó un hombre joven y alto, de una blancura casi transparente, que abrazó a mis amigos y, sorpresivamente, me abrazó también a mí. Yo no lo había visto en mi vida; en su efusividad me dejó casi paralizada. Creo que me confunde con alguien, pensé.

-¿Por qué me abraza si no me conoce?
-Sí te conozco, eres la virgen de las rocas, he leído tus poemas y me gustan mucho.
-Yo no sé quién es usted.

Todos los del grupo se apresuraron a presentarnos: Jacobo San Miguel, poeta, Minerva Monteverdi, poeta, corearon. Extendí mi mano y dije: “mucho gusto”.

Nuestras miradas se quedaron colgadas una de otra por segundos. No, querida Minervita, no vayas a fijarte en este desconocido, no viniste a conquistar a ningún pálido poeta, me rogué a mí misma.

Pero el gusano se había metido ya dentro de mí. Su abrazo me trasmitió una extraña fuerza, su mirada era demasiado fulminante. Tomé un cuarto ron. El hombre había desaparecido en medio de la multitud. Para entonces, yo era capaz de cualquier cosa.

Empecé a recorrer la sala, buscando al poeta del abrazo. Lo encontré en el patio en una elevada discusión filosófica con otro escritor. Me sumé al diálogo y desplegué todas las artes de mi coquetería a través de la palabra.

Alguien propuso ir a un bar a para continuar la fiesta. Todos embarcaron en varios autos. Nosotros, sin querer separarnos, decidimos caminar. Las palabras fluían atrapadoras y, bajo la luna escondida, me besó.

En el bar todos bebían alegremente. Su mirada no dejaba de penetrarme. Decidimos salir. En mi casa, su lengua fue más que poesía alguna. Abrazándome dejó en mi oído las mejores palabras que he escuchado en mucho tiempo. Su cuerpo era hermoso y musculado, firme. Sentí todo su peso, sus piernas envolviéndome, su falo erguido, sus brazos fuertes.

-No te enamores de mí- dijo tajante, cuando había salido el sol.

Yo no entendí, pero era mejor no hacer mucho caso de semejantes palabras.

Al día siguiente, llamada telefónica e invitación a almorzar, un anillo de plata como regalo del primer encuentro a la luz del día. Llamada telefónica el martes, el miércoles y el jueves. Almorzar juntos el viernes, el lunes y el martes.

Parecía una cuestión normal: dos personas que se conocen una noche e inician una relación, se llaman por teléfono, se comunican y terminan amándose. Porque, claro, a mí sí se me metió entre ceja y ceja y empecé a escribirle poemas y escribirme a mí misma, renovada, creadora.

Volvió a pasar conmigo un fin de semana entero. Dos días llenos de luz, largos, para conocernos palmo a palmo, para meternos uno en el otro.

-No te enamores de mí repitió con insistencia. Y añadió –no averigües mi historia.

Cómo no iba a enamorarme si me trajo más regalos: un pañuelo hindú, un perfume y un par de aretes de plata en forma de rosa y con un brillo extraño, fascinante.

-Es la flor de la poesía- dijo. Le abracé emocionada y, sí, enamorada, inevitablemente enamorada. Porque así soy yo, me enamoro a la primera y si el tipo es poeta, no veo nada más que poesía en sus ojos, en sus manos, en su cuerpo todo y ahí estoy, a sus pies.

Tampoco le di mucha importancia a su “no averigües mi historia”. Puede que lo haya dicho para impresionar, para intrigarme y volver más emocionante la relación.

Le hice caso, no averigüé su historia, ni a él ni a nadie.

Una tercera vez aún nos encontramos. Estaba en otra ciudad y llamó para decir que venía directamente desde el aeropuerto. Yo, feliz, pero no tanto, incrédula casi, por eso de sus advertencias.

Llegó con botella de vino y nos amamos tan intensamente como la primera vez. Leímos mis últimos poemas, él esgrimió su sabiduría de poeta consumado y cambió algunos versos míos. Cocinamos, cantamos. Todo estaba en su punto, perfecto, musical. La casa no cabía en sí de versos, día y noche leyendo y escribiendo, encerrados, sólo los dos.

Hombre oscuro y luminoso a la vez, su mirada desbordaba toda la ternura. Su peso sobre mí se volvió algo leve y delicado. Pensé que todo sería  por la embriaguez del amor y del vino. Fue, diría, un aletear de plumas en el momento del amor, como una suave tela encima de mío, como si no estuviera nadie.

Un largo silencio le dejó frente a mí como ausente, se iba, no podría entender a dónde, pero sabía que no estaba conmigo en esos momentos. Eran unos silencios largos e inquietantes. Su cuerpo parecía sin alma, sus ojos vacíos.

Las llamadas se fueron haciendo más distantes. Una semana sin saber de él, dos semanas, tres. “No te enamores de mí”, resonaban sus palabras, “no averigües mi historia”.

A la cuarta semana, por fin su voz volvió a hacerse presente, rompía ese silencio tan devastador.

-Te tengo una sorpresa.

No imaginaba qué podía ser.

Me invitó a almorzar. La mesa puesta, unas cervezas y, en un sobre amarillo con lazo rojo, su último libo de poemas, aún inédito. Los ojos se me mojaron pero me aguanté el desborde porque me daba vergüenza de él. Desde hacía tiempo reprimía todo. No acariciar, no besar, no abrazar. Era un ejercicio diario, no escribirle, olvidarme de él, de su cuerpo de niebla, de sus ojos desolados, de su voz llena de viento.

Todo ha vuelto a ser como antes. La soledad se huele a leguas. Me refugio en la música de la radio, en el gato y la poesía.

El trabajo diario, como siempre, automático y sin ningún aspaviento. Saludar con la gente, caminar, almuerzo y cena, la máquina, todo en su sitio, demasiado tangible, demasiado sólido. Menos él, que se ha hecho humo.

-No existe, no ha existido jamás- me repito las noches de cama vacía.

No he llorado por él hasta ahora, ni creo que lo haga. Han pasado mese de su ausencia. Hace días lo extrañé hasta el dolor y me animé a llamar a su oficina. ¡No lo conocían!

-Aquí no trabaja ningún Jacobo San Miguel.

Pensé que había discado un número que no era.

-¡No conocemos a ningún Jacobo San Miguel! ¡Ésta es la oficina del arquitecto Quevedo! Y, por tercera vez, lo mismo.

Ahora camino por las calles por las que supongo podría encontrarlo, avistando, tratando de dar su forma a los cuerpos que se mueven entre el humo y los árboles. Nadie completa su figura, su tamaño. Hace tiempo que pregunto por é a los amigos de esa noche de ron y lanzamiento de revista y nadie lo recuerda. Era un poeta alto y delgado, de cabellos claros y tez muy blanca, los ojos negros y brillantes, llamado Jacobo San Miguel. Nadie sabe, ni el mismo amigo que me lo presentó. 

-Estás loca, deben haber sido los rones que tomaste esa noche los que te hicieron crear un fantasma. Todos se han confabulado, trato de explicarme, no estoy loca.

No puede ser. Sus regalos están aquí, recuerdo su primer abrazo, delante de toda la gente, sus besos, la medida de sus pies, los vellos de sus brazos y su pecho, su risa. Era corpóreo, palpable me penetró, sentí su semen inundarme, sentí placer, sentí su placer… Aquí está el libro de poemas que él escribió. Está la dedicatoria:

“Para ti,
toda la poesía:
aquella nostálgica de la divinidad
y esta otra
munda, demonia y carne.

Tu ángel.

viernes, 10 de febrero de 2012

Inteligencia Perruna


Mi sobrino Daniel, de siete años, llevó a su perro a la escuela, un día en que todos los alumnos debía llevar su mascota.
Había premios para la mascota más pequeña, la más bonita, la más graciosa y la más inteligente.
Decidido a que su perro ganara un premio. Daniel lo puso a ensaya varios actos. El día del concurso, le preguntó al perro.
-¿Cuánto es dos más dos menos cuatro?
El animal guardó silencio y Daniel exclamó:
-¡Correcto!
El perro ganó el primer premio.

-Colaboración de Mildred Hayes (Canadá)
(Selecciones Sep. 1985)-